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A 24 años del crimen de Alejandro Cruz Martìnez

Filadelfo FIGUEROA

El 23 de septiembre de 1987 Alejandro Cruz Martìnez fue asesinado en la Ciudad de Tehuantepec cuando encabezaba una protesta de campesinos de Ciudad Ixtepec, quienes demandan la construcción de pozos profundos.
Aunque lo quieran aparecer como militante de la COCEI, Alejandro habìa descubierto quienes eran los dirigentes de este partido y se arrepentía de haberle escrito por ejemplo un poema a Leopoldo De Gyves.
Creo que si aún viviera no hubiera soportado cual fue el fin de quienes dirigireron el movimiento popular en la ciudad de Juchitán, de cómo terminaron revolcados en el lodo por dinero, vendiendo ideales y convicciones.
El día que lo mataron supe que los priìstas son cobardes, que matan por la espalda como los cobardes.
Sus verdugos no le dieron la cara, le dispararon a bordo de una camioneta en movimiento, iban sobre el poeta, sobre el hombre de ideas, el hombre de luces, por eso le dieron en la cabeza.
Un par de años después los priístas le iban a arrebatar la vida a Tomás Lorenzo, el fundador de San Juan Quiahije.
“La muerte de Alejandro Cruz conmocionó y sigue en la mente de amplios sectores de la comunidad oaxaqueña no sólo por su intensa actividad política y cultural, sino por su calidad humana y su sentido de la amistad, a la cual, recuerdan quienes lo conocieron, daba un especial valor, por encima de la ideología”, escribió Arturo García.
El extinto poeta Mario Matus dirìa “Desde siempre Alejandro perteneció a la estirpe envidiable de Roque Dalton, de Otto René Castillo y tantos poetas muertos en la lucha por la liberación de nuestros pueblos en Cuba, Nicaragua, Guatemala y toda la geografía de América Latina”.
Fue un Prometeo que robó el fuego del verbo en la cumbre de la codicia y la apariencia estética para devolverlo al pueblo que es su verdadero dueño. Aprendió a escuchar el lenguaje del silencio para que al abrirse las ventanas de la medianoche pudiera sentir la presencia de las cuchibrujas, del pulinyerri, de las altas mujeres tan infinitas como el alba del tiempo, llenas de misterio y poder en su secreto de aparearse con los elementos de la naturaleza; como semillas de la eternidad, ahí están Eustolia Osorio, Na Bundia, María Andrea y Lucía Centeno. Su coraje indómito lo reflejó en su poesía y en su accionar cotidiano; con su paciencia artesanal hizo del mundo un cántaro de barro que llenó de realidad y fantasía, hasta hacerlo desbordar en un manantial donde se bebe la ternura humana, asì lo describió su amigo Esteban Ríos.
Fueron tres priìstas los que lo mataron, sólo uno de ellos fue a la cárcel, pero no por la muerte de Alejandro sino por otros delitos, pero afortunadamente los tres ya están muertos.