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De septiembre: Muerte de Salvador Allende y golpe de estado.
"...Pagaré con mi vida la defensa de principios que son caros a esta patria…”
Comenzaba así el ultimo discurso del presidente chileno Salvador Allende, horas antes de morir en el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973, realizado por Augusto Pinochet.
La miseria del 11 de septiembre empezó a gestarse con antelación: el 4 de Noviembre de 1972, cuando un hombre de estatura mediana, enérgico y seguro habló ante la asamblea de Naciones Unidas. En aquel discurso memorable y anticipatorio que empezaba con un "todos los pueblos al sur del río Bravo se unen para decir basta", Salvador Allende denunciaba el creciente poder de las empresas multinacionales que, al margen de la legalidad y del control parlamentario, amenazaban la existencia misma de los estados y se convertían en una fuerza dominante imposible de controlar con los mecanismos de la sociedad civilizada, pues representaban una idea puramente mercantilista de la existencia y los valores lentamente desarrollados desde la moral y la ética les eran tan ajenos como enemigos.
Salvador Allende era un líder premonitorio, su comprensión de la historia, de la economía y de la diversidad latinoamericana le permitían creer y ver como posible una vía chilena al socialismo que no pasara por la insurrección armada y que se basara en la reforma y fortalecimiento de las instituciones que la sociedad civil se había dado, porque estas eran la expresión de una legalidad conquistada tras duros combates por la igualdad y la justicia social.
Chile antes del golpe
Salvador Allende nació en Valparaíso en 1908. Perteneció a una familia de clase media acomodada. Estudió medicina y, ya desde su época de estudiante universitario, formó parte de grupos de ideología de izquierda. Más tarde, alternó su dedicación a la política con el ejercicio profesional. Participó en la elección parlamentaria de 1937, y salió elegido diputado por Valparaíso. Fue ministro de sanidad del gabinete de Pedro Aguirre Cerdá entre 1939 y 1942. A partir de entonces se convirtió en líder indiscutible del Partido Socialista. Que en 1930 había ayudado a fundar; pero a menudo se mantuvo a la izquierda de los comunistas. En 1952, 1958 y 1962 se presentó a las elecciones presidenciales. En la primera ocasión fue temporalmente expulsado del partido por aceptar el apoyo de los comunistas, que habían sido ilegalizados, y quedó en cuarto lugar. En 1958, con el apoyo socialista y comunista, quedó en segundo lugar.
En 1964 fue derrotado por el demócrata cristiano Eduardo Frei Montalva que comenzó una política de izquierda. Este gobierno adquirió el 51 por ciento de las compañías norteamericanas dedicadas a la extracción de cobre, la principal riqueza de Chile, y Frei inició una reforma agraria al establecer cooperativas agrícolas y expropiar una parte de la tierra. Pese a todo, la mayoría de los chilenos seguía siendo pobre y la inflación aumentaba en forma alarmante. Las iniciativas de Frei aumentaron más las esperanzas, pero en nada afectó la calidad de vida.
Allende consideraba a Chile como una víctima del neocolonialismo, dominada por capital extranjero y dependiente de exportaciones baratas de materias primas y de importaciones industriales costosas. Propuso nacionalizar por completo la minería, la banca y la industria, y redistribuir la tierra y la riqueza. Prometió hacerlo sin comprometer las libertades políticas de una nación orgullosa de su tradición democrática.
La victoria de Salvador Allende, obtenida el 4 de septiembre de 1970 con el 36,3% de los votos a la coalición conocida como “Unidad Popular”, se alcanzó proponiendo transformar a Chile en un régimen socialista, siguiendo un curso distinto al común de otros regímenes, y al cual se llama «vía chilena al socialismo, con sabor a empanadas y vino tinto». Esta nueva vía al socialismo, por medios pacíficos y democráticos, tuvo inicialmente el visto bueno de gran parte de la Democracia Cristiana; aunque esta también tuvo parte en procesos de desestabilización del gobierno y luego, justificó y miró con buenos ojos el golpe militar de Pinochet.
Una vez asumido el cargo, Allende comenzó rápidamente a cumplir sus promesas electorales. Se instituyó el control estatal de la economía, se nacionalizaron los recursos mineros, los bancos extranjeros y las empresas monopolistas, y se aceleró la reforma agraria. Además, Allende lanzó un plan de redistribución de ingresos, aumentó los salarios e impuso un control sobre los precios.
En 1970 el índice de pobreza en Chile era del 23 %. El 11 de septiembre de 1973, ese índice se había rebajado a un 12% mediante política de empleo que, lejos de lesionar a la industria, hicieron que se mantuviera y aumentara la capacidad productiva y exportadora. Chile exportaba cobre manufacturado y productos textiles, y tenía una industria de electrodomésticos que gozaba de prestigio en el mercado regional sudamericano.
El apoyo popular inicial que se reflejó en un 49% de los votos en la elección municipal de 1971, se fue perdiendo por el deterioro de la situación económica y política; debido a la fuerte oposición de grupos de derecha a sus políticas de estado. Hacia 1972 se había producido una grave crisis económica y una fuerte polarización de la ciudadanía. La situación empeoró aún más en 1973, cuando el brutal incremento de los precios, sumado a la escasez de alimentos (provocada por el recorte de los créditos externos), las huelgas y la violencia llevaron al país a una gran inestabilidad política. Esta crisis se agravó por la intrusión de Estados Unidos, que colaboró activamente por desgastar al régimen de Allende. Las Fuerzas Armadas, apoyadas por la CIA, frustraron su “experiencia socialista”, y tres años más tarde terminó con el golpe de Pinochet
El golpe de estado
El 11 de septiembre de 1973 se alteraba el orden mundial. Con el golpe de Estado contra el Gobierno de la Unidad Popular, se ponía fin a una experiencia histórica que se proponía construir el socialismo mediante una vía pacífica y democrática.
No sólo se aplastaba un intento original de ruptura con el orden capitalista, que motivaba la atención y la esperanza de millones de personas en todo el mundo, sino que con ese crimen se inauguraba también una nueva fase histórica que acabaría siendo el modelo de la globalización: el neoliberalismo. Chile se convirtió, con sangre y fuego, en el laboratorio del neoliberalismo; se implantó el primer modelo de capitalismo salvaje de la era neoliberal. El 11 de septiembre abrió también la experiencia de las dictaduras de “seguridad nacional” que se extendió por el Cono Sur y otras latitudes de la América Latina. Nacía así una nueva concepción del terrorismo de Estado, casada con la ideología neoliberal.
El neoliberalismo económico propone que mediante una elevada tasa de desempleo “natural”, el trabajo deje de ser un derecho y se convierta en una oferta de trabajo a disposición de un mercado en el que ni los gobiernos ni las leyes deben intervenir.
Mientras mayor es la cuota de desempleados naturales, mayor será la flexibilidad laboral. Y para conseguirlo es menester destrozar la vinculación del Estado con los ciudadanos, sólo así se entienden privatizaciones tan aberrantes como las de la Sanidad pública y la Educación.
Es así que, en aquellas palabras Salvador Allende en Naciones Unidas denunciaba la existencia de una fuerza económica cuyo único norte era despojar a los ciudadanos de su historia y sus derechos, de su dignidad y de su futuro.
Hoy, cada gobierno progresista de Latinoamérica retoma el legado de Allende, pues casi todos los pueblos al sur del río Bravo exigen el fin de los desmanes neoliberales y el retorno a políticas justas que consideren la existencia de las grandes mayorías, de los desposeídos, de los condenados de la tierra.
A 37 años de ese 11 de septiembre, el recuerdo, la imagen, el legado de Salvador Allende crece y su memoria reclama inteligencia política, audacia y determinación del progresismo. Desde el Movimiento Nacional Reformista creemos que Allende no murió; sinó que vive en cada escuela pública y laica de America latina, en cada hospital público, en cada recurso energético salvado de las multinacionales, en la recuperación de la seriedad ecológica, en el reclamo al derecho a existir de nuestras mayorías indígenas y de las minorías segregadas.
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CHILE VIVE (Mario Benedetti) Para matar al hombre de la paz para golpear su frente limpia de pesadillas tuvieron que convertirse en pesadilla para vencer al hombre de la paz tuvieron que congregar todos los odios y además los aviones y los tanques para batir al hombre de la paz tuvieron que bombardearlo hacerlo llama porque el hombre de la paz era una fortaleza para matar al hombre de la paz tuvieron que desatar la guerra turbia para vencer al hombre de la paz y acallar su voz modesta y taladrante tuvieron que empujar el terror hasta el abismo y matar más para seguir matando para batir al hombre de la paz tuvieron que asesinarlo muchas veces porque el hombre de la paz era una fortaleza para matar al hombre de la paz tuvieron que imaginar que era una tropa una armada una hueste una brigada tuvieron que creer que era otro ejército pero el hombre de la paz era tan sólo un pueblo y tenía en sus manos un fusil y un mandato y eran necesarios más tanques más rencores más bombas más aviones más oprobios porque el hombre del paz era una fortaleza para matar al hombre de la paz para golpear su frente limpia de pesadillas tuvieron que convertirse en pesadilla para vencer al hombre de la paz tuvieron que afiliarse para siempre a la muerte matar y matar más para seguir matando y condenarse a la blindada soledad para matar al hombre que era un pueblo tuvieron que quedarse sin el pueblo. |